Una escena de la reciente crisis del Silicon Valley Bank en la que no puedo dejar de pensar es el momento en que Gregory Becker , el consejero delegado del banco, empieza a llamar a sus mejores clientes e inversores para pedirles que no retiren su dinero de la entidad. El día anterior se había anunciado una ampliación de capital para tapar un agujero de 1.800 millones de dólares por pérdidas especulativas con títulos de renta fija y eso desató una crisis de confianza. Becker es como el James Stewart de ‘Qué bello es vivir’, un ingenuo que no hace más que expandir la desconfianza. Pero tanto o más llamativa es la conducta de los tipos a los que llamó, gente experta en la gestión de fondos de capital semilla como Peter Thiel , el compañero de aventuras de Elon Musk en Paypal, a los que se supone cierta experiencia en la gestión de riesgos. Lo primero que hicieron fue utilizar todos los medios a su alcance para alertar a la manada. El resultado de gritar «¡fuego!» en un teatro abarrotado de gente fue una fuga de depósitos de 42.000 millones de dólares en 24 horas, un récord mundial, y la ruina del SVB. ¿Por qué unos tipos que forman parte de la cultura mundial que más acostumbrada está a asumir riesgos de pronto reaccionaron igual que cualquier mortal? Sí, son humanos, pero también son personas acostumbradas a lidiar profesionalmente con el riesgo. ¿Por qué su reacción fue entonces igual a la de cualquier hijo de vecino? La revista ‘Scientific American’ habló con Colin Camerer , un profesor de economía del comportamiento en el Instituto Tecnológico de California que en sus reflexiones permite vislumbrar que la cultura de la gestión de riesgos, como la suele practicar la banca, es todo lo contrario del concepto que existe en Silicon Valley. «Creo que la mayoría de las empresas de tecnología que tienen su dinero en lugares como SVB simplemente no están pensando en la gestión de riesgos», apunta Camerer. Lo cierto es que el capitalista de riesgo se comporta como un jugador: sabe que puede apostar y perder o ganar mucho. Si tiene una cartera de inversiones, intuye que hay muchas ‘startups’ que fracasarán, pero que existe un 10% de probabilidades de que una de ellas se convierta en un ‘unicornio’ milmillonario y compense con creces las pérdidas de todas las demás. Es la típica conducta del jugador que compra un billete de lotería. Para lo que no está preparado este inversor es para que desaparezca el banco donde tiene el dinero, como el comprador de lotería no está preparado para que no se celebre el sorteo porque el organizador del mismo ha desaparecido. El peligro de las redes sociales ¿En qué hubiera derivado la gran crisis financiera de 2008 si las redes sociales no hubieran sido aún una realidad embrionaria? La inquietante respuesta debe quedarse en el territorio de la imaginación y la ucronía, porque los estudios sobre el contagio del pánico financiero son aún demasiado básicos para explicar el escenario de una sociedad hiperconectada. En todo caso, la crisis del SBV nos ha dado las primeras e inquietantes pistas sobre futuras turbulencias. Que la mentalidad de Silicon Valley también impregnaba el funcionamiento del SVB lo demuestra el hecho de que durante la mayor parte del último año la entidad no contó con un responsable de gestión de riesgos. Claro, los inversores no sólo tenían allí la caja para financiar sus apuestas, sino que tenían sus cuentas corrientes, sus tarjetas de crédito, sus hipotecas. Y nunca pensaron que el SVB no seguía los criterios de gestión de riesgos de la banca sino que había adoptado la manera de pensar de ellos. Aquí opera, además, otro sesgo, el del llamado ‘fraude por afinidad’ , que es el que se produce dentro de un grupo de compañeros, de exalumnos, o en una confesión religiosa. En la industria de la tecnología estas afinidades son fuertes: si acudiste a la misma universidad, si invertiste en los mismos proyectos, etcétera. Por último está el fenómeno del contagio , que es el más relevante. Si alguien cree que los demás van a sacar el dinero, no hay razón para no llevárselo. Douglas Diamond y Philip Dybvig ganaron el Premio Nobel de economía en 2022 junto con Ben Bernake por haber planteado un modelo sobre cómo pueden propagarse los pánicos financieros y cómo prevenirlo. Pero sus estudios datan de la primera parte de la década de 1980 y son muy básicos. De hecho, en aquella época la cooperación entre economía y psicología estaba en ciernes, así que preguntas claves como qué provoca el contagio y cómo evitarlo continúan siendo un misterio. De momento, la única solución propuesta ha sido la de aumentar la regulación. Otro elemento llamativo en la crisis del SVB fue el papel de numerosos inversores activistas como David Sack , Mark Cuban o Bill Ackman que tras iniciarse la crisis empezaron a solicitar a través de las redes sociales, especialmente de Twitter, la intervención de las autoridades y, sobre todo, que se garantizaran la totalidad de los depósitos, cosa que finalmente hizo la FDIC (Federal Deposit Insurance Corporation). Fue la operación de ‘lobby’ más eficaz que se recuerda en años porque la garantía de depósitos en EE.UU. estaba diseñada para proteger los ahorros del estadounidense promedio (unos 150.000 dólares) y nos las decenas o cientos de millones de los inversores especulativos de Silicon Valley. Cuatro días después de estallar la crisis, el domingo 12 de marzo, el presidente del Comité de Servicios Financieros de la Cámara de Representantes de EE.UU., Patrick McHenry , caracterizó lo que estaba sucediendo como «la primera estampida bancaria impulsada por Twitter». Y no le ha faltado razón: la mentalidad de Silicon Valley es vieja, pero las redes sociales son nuevas.
La mentalidad de Silicon Valley y el banco en ruina
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