Tras 14 años viviendo en la misma vivienda del barrio de Lavapiés , y el anuncio de mi casero de que iba a vender el piso a un fondo de inversión y que me tenía que ir, comenzaba una búsqueda que me iba a traer muchas sorpresas y numerosas desdichas, en el peor momento de la democracia para alquiler… En las primeras visitas ya comprobé que los pisos son más pequeños y están en mucho peor estado de lo que aparentan las fotos de las diferentes plataformas, aunque eso era algo que me podía esperar. Lo que nunca imaginé es la gran cantidad de anuncios con los que me tope que resultaron ser un fraude, los precios abusivos de hasta 900 o 1.000 euros por zulos de poco más de 30 metros cuadrados en un sótano y sin ventanas, antiguas oficinas reconvertidas en viviendas sin calefacción y con escasas condiciones de habitabilidad y bloques enteros de hasta 80 inmuebles que, tras ser adquiridos por un fondo de inversión, todos, sin excepción, no aceptaban bajar ni un euro la renta, aunque estuvieran bastante abandonados. Llevaba un mes y medio y la preocupación se fue transformando en desesperación. El pensamiento que más me asaltaba esos días y que más comentaba con mi entorno más cercano era que si yo, con un contrato indefinido y 15 años de antigüedad en ABC, estaba teniendo todos estos problemas para encontrar un alquiler digno, ¿cómo se las apañaría una familia en situación de vulnerabilidad?, ¿qué podría hacer una madre o un padre solteros con un trabajo normal sin ayuda familiar?, ¿cómo encontraría casa un parado o una abuela con una pensión mínima? Noticia Relacionada reportaje Si El calvario de alquilar un piso en Madrid (I): un fondo de inversión me echa de mi casa Israel Viana Tras 14 años viviendo en el barrio de Lavapiés con una renta razonable, esta es la historia de cómo me he visto empujado a un mercado excluyente y especulativo que se encuentra en el peor momento de su historia para los inquilinos Me parecía literalmente imposible contestar a esa pregunta, sobre todo cuando me encontré a treinta o cuarenta posibles inquilinos haciendo cola en la puerta de varios pisos que fui a visitar. Pisos de 40 metros cuadrados con una habitación y un salón pequeño, a 850 euros mensuales, al que teníamos que acceder en grupos de cuatro o cinco personas para que el propietario pudiera atender a toda la demanda. A una de las dueñas, cuando le pregunté sorprendido, se le escapó un: «¡Ya, madre mía, la verdad es que siento mucha lástima por vosotros!». Estaba tan desbordada que, además, mientras estaba arriba viendo su vivienda segundos después, me envió el siguiente por WhatsApp: «Lo siento, la casa ya está alquilada». ¿Cómo? No entendía nada. El camión de la mudanza, sacando los muebles de Lavapiés con destino a casa de mi madre, cuando aún no tenía nueva vivienda I. V. 200 llamadas perdidas Otro propietario al día siguiente, con muy poco tacto, nos soltó a los aspirantes: «Mirad, es sencillo, al final escogeré al más solvente y lo tendré alquilado hoy mismo». Gracias por la información, transmite optimismo, pero ¿cuándo puso el anuncio? «Ayer por la mañana, aunque a las tres horas ya tenía doscientas llamadas perdidas en el móvil y tuve que quitarlo». Era fácil sentirse como un mal cantante en un casting de ‘Operación Triunfo’ . Consecuencias psicológicas «Muchos inquilinos se sienten culpables porque no pueden pagar la subida de 300 o 400 euros en el alquiler» Las situaciones que me tocaba vivir eran cada vez más surrealistas. Casi a diario, mis compañeros de trabajo me preguntaban : «¿Cómo va lo de tu piso, Isra?, ¿viste ayer alguno?». A esas alturas había visto ya muchos. En uno de los últimos que me interesó, el casero, un tipejo que me convenció de que era una persona transparente que siempre iba con la verdad por delante, exdirectivo de una importante multinacional, que lucía un coche medio deportivo, pero antiguo y poco cuidado, desapareció justo en el momento en que iba a firmar. Sin más. Se esfumó. Todo lo arregló con un escueto mensaje una semana después: «Lo he vendido, lo siento». Es el mercado, amigo. Por suerte no había adelantado ninguna fianza. El de las cláusulas es, quizá, la mayor sorpresa que me he llevado. Cuando el 26 de mayo entró en vigor la ley de Vivienda , por ejemplo, la cual prohibía a las inmobiliarias cobrar los gastos de agencia a los inquilinos, me los encontré renombrados de mil y una formas para esquivar la normativa y seguir facturando: gastos de adecuación, mes de garantía adicional, gastos de acompañamiento, mes de atención al inquilino… —Perdone, ¿eso no es lo mismo que el mes de agencia que ya no pueden cobrar? —No, no, el mes de agencia ya no lo cobramos. —¿Y en qué consiste esto? —Bueno, es un nuevo servicio para atender algunas necesidades que el inquilino tenga durante su estancia. —Mire, dígame la verdad y nos podemos entender. Es el mes de agencia disfrazado de otra cosa, ¿verdad? No hace falta que me engañe. —Le he dicho que no. Si no le gustan las condiciones, no se preocupe, tengo a otra gente esperando. Código Desktop Imagen para móvil, amp y app Código móvil Código AMP Show more Código APP
¿Lo dice en serio? —Esa condición, en concreto, eran 800 euros. La ansiedad era cada vez mayor. Tenía la sensación de que si no era el primero en ver el piso y firmar lo que fuera a toda velocidad, sin pensar, no había manera. Siguiendo esa filosofía, un día me escapé del trabajo media hora para ver una casa que se alquilaba en la zona de Carpetana. Más o menos lo mismo de siempre, lo mismo que me puedo permitir: 45 metros cuadrados a 750 euros. Como de costumbre, no era lo que parecía, pero la conversación que se produjo a continuación fue… en fin, ponga usted el adjetivo que quiera: —Me dijo por teléfono que eran 750 euros, ¿verdad? —Ah, bueno, no le comenté. A eso hay que sumar 25 euros al mes del seguro de impago… —¿Cómo? ¿Me quiere decir que, ante la sospecha del propietario de que yo pueda dejar de pagar el alquiler algún mes, yo mismo tengo que pagar un seguro para que él esté cubierto. ¿No debería pagarlo él? Me dan ganas de firmar el contrato y el primer mes dejar de pagar, porque para eso pago un seguro que me cubre… ¿No le parece? —Ya, bueno, le entiendo, pero yo no puedo opinar. Ese es el requisito. —Entiendo. ¿Entonces se quedaría en 775 euros al mes? —El primer año sí, no se preocupe, pero el segundo tendría que pagar la mitad de la cuota de la comunidad y del impuesto del IBI. Y a partir del segundo, el cien por cien, lo que dejaría la cuota en 865 euros al mes. —¿Me lo está diciendo en serio? —Sí. —¿Alguna sorpresa más? —Sí, lo siento. El seguro del hogar, que también lo tiene que pagar usted. Eso dejaría la renta en un poco más de 900 euros. —Ya, entiendo, pero… ¿No le pareció importante avisarme de estos pequeños detalles, antes de que me escapara del trabajo y pagara un taxi de 20 euros para llegar en hora a nuestra cita, en alguna de las tres llamadas por teléfono que hemos tenido hasta hoy? —Lo siento, es que tengo mucho jaleo encima y se me pasó. Además, lo que tiene que valorar usted es si el piso, que es una buena oportunidad, le interesa. —Usted qué cree… Mientras me marchaba, la alarma del piso, que estaba rota y no había dejado de sonar durante toda la visita, seguía machacándome la cabeza. A esas alturas tenía el ánimo por los suelos. Me acordé entonces de lo que me había contado Carlos Castillo sobre las personas que acuden al Sindicato: «Vienen muchos inquilinos con problemas psicológicos, con un sentimiento de culpabilidad enorme porque no pueden asumir esa subida repentina de 300 o 400 euros en el precio del alquiler y les van a echar. Creen que tienen un conflicto individual, pero intentamos que entiendan que no es un problema personal o una crisis que les afecte solo a ellos, que no son parias, sino que es un problema estructural, porque el acceso a la vivienda está cada vez está más limitado. No es culpa suya». MÁS INFORMACIÓN noticia Si El calvario de alquilar un piso en Madrid (I): un fondo de inversión me echa de mi casa Me di cuenta de que así era cuando decidí informar a mis amigos y conocidos de que buscaba casa y que tenía poco tiempo, por si alguno conocía a algún propietario en su círculo cercano que buscara a una persona de confianza. Ya saben, esas carambolas, pero tampoco. Una compañera de trabajo me comentó que a ella no le habían renovado su contrato de alquiler porque el edificio entero lo iban a convertir en pisos de Airbnb . Otro me confesó que había tardado un año en encontrar una vivienda asequible y decente, pero que la tenía que compartir con tres amigos. Si no, habría sido imposible. PRÓXIMO CAPÍTULO, ESTE SÁBADO EN ABC.ES
