La derecha europea ha festejado su triunfo electoral en Finlandia y la derrota de la socialdemócrata Sanaa Marin el pasado 1 de abril. La mayoría de los analistas atribuyen el resultado a la marcha de la economía: Finlandia afronta un eventual recorte del gasto público del orden de 13.000 millones para no seguir aumentando su deuda, que se acerca al 70% de su PIB, tiene graves problemas en la atención sanitaria (pese a que la estrategia de Marin en la pandemia fue bien valorada) y hay una controversia importante sobre el actual nivel de impuestos. Pero lo que me interesa de Finlandia y sus elecciones es la OTAN. Tres días después de la votación se formalizó su ingreso en la alianza, una gestión liderada por Marin, que fue personalmente blanco de una operación de desprestigio que se atribuye al Kremlin. La agresión militar de Rusia a Ucrania hizo que Helsinki diera un paso que no dio en 78 años pese a la Guerra Fría y a la conducta de Putin desde Chechenia a Crimea. Lo mismo sucedió en Suecia, también con un Gobierno socialdemócrata. Por su geografía e historia reciente, los finlandeses son extraordinariamente conscientes de los 1.340 km de frontera que tienen con Rusia. Pero no sería acertado suponer que el paso que ha dado hacia la OTAN era obvio . Durante los 44 años de la Guerra Fría, el término ‘finlandización’ fue sinónimo de ambigüedad egoísta y convertía al país en una pieza ‘clavada’ (incapaz de moverse sin causar una pérdida) en el ajedrez global. A una buena parte de la izquierda rojiverde europea esa política le hacía tilín. Hoy, el apoyo de los finlandeses a la OTAN roza el 80%. Según las encuestas del Foro de Política y Negocios Eva, de corte liberal, en noviembre de 2022 el respaldo era del 78%, pero tan sólo once meses antes, en octubre de 2021, cuando EE. UU. ya empezaba a advertir de las intenciones de Putin, el apoyo al ingreso a la alianza militar era apenas del 26%, ¡y era de los más altos desde 1998! No cabe duda de que Sanaa Marin lideró un cambio histórico en su país. Su decisión basculó sobre un clivaje entre ‘otanistas’ y ‘antiotanistas’, y por eso ella fue el objetivo a batir de la propaganda rusa. Ese ‘clivaje’ también existe en el resto de Europa, pero el repudio a la OTAN y el antinorteamericanismo está ahora mismo confinado a la izquierda radical gracias, entre otros factores, a que la socialdemocracia se ha demostrado leal sin fisuras a la Alianza Atlántica y no se ha dejado llevar por el populismo que arraiga a su izquierda. Creo que este hecho no ha sido destacado en los análisis y es importante, porque es evidente que la mayor cantidad de votantes que podrían cambiar de actitud hacia la guerra están en ese sector político. Esa tensión sigue allí, de momento silenciada. Ayuda mucho que Putin no sea de izquierdas, aunque financie a los alborotadores que generan ruido. Pero la historia sería diferente si este hubiese logrado meter una cuña en nuestras sociedades. jmuller@abc.es
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